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Cada año morirán inexorablente, cerca de 150.000 personas

Es esta, la del amianto, la mayor tragedia industrial de la historia humana que esttaba pasando desapercibida, mucho más que Chernobil o Bhopal por poner dos ejemplos bien dramáticos. Debemos ser beligerantes en este asunto, pues está repartido por todas partes e incluso en las conducciones de agua potable que abastecen a los ciudadanos. Hay que celebrar la sentencia de Turín (y desde ayer la de los 40 afectados de Getafe) pero a la vez no olvidar que cada año irán cayendo, inexorablente, cerca de 150.000 personas a causa de esta industria, por decenas de años, según cálculos de la OMS. Casale Monferrato, con su centro renacentista y su extrarradio de industrias, viñas y arrozales bañados por el río Po, respira amianto desde hace más de un siglo. Un total de 1.800 personas fallecieron por sus efectos entre 1965 y 2008. Los familiares, guiados por los sindicalistas Nicola Pondrano y Bruno Pesce, dedicaron sus vidas a despertar la alarma social contra aquel enemigo invisible. En 1986 obtuvieron el cierre del establecimiento Eternit que trabajaba el peligroso material desde 1907; en 1992, la ley que lo prohíbe en todo el país; hace 10 días, una condena a 16 años para cada uno de los dos directivos de la multinacional. Esa sentencia convierte este pueblo de 37.000 habitantes, 60 kilómetros al sur de Turín, en el símbolo de la lucha contra el amianto. Tras la justicia, sin embargo, queda el miedo. “Vivimos con la pistola apuntada en la sien”, considera Pondrano, que trabajó dos décadas en Eternit. El cáncer de pleura provocado por las fibras del amianto tiene una incubación de hasta 40 años. En 2010, fallecieron 30 personas, en 2011 fueron 58. La enfermedad está diezmando la generación de los que eran niños en los años sesenta. La empresa regalaba las sobras de producción y en el pueblo las utilizaban para todo: se aislaba el hospital, se construían los cubos de basura, las macetas de los jardines, cabañas agrícolas o almacenes. Entre 2000 y 2006 fue saneado y desmantelado el establecimiento. Sin embargo, 600.000 metros cuadrados están aún contaminados. “El problema hoy no es sólo que la gente sigue muriendo. Sino el terror a enfermar. Decenas de ciudadanos acuden a los médicos por un pequeño dolor de espalda, una tos más persistente. Una psicosis colectiva”, argumenta Daniela Degiovanni, oncóloga del hospital local. “Si tiene miedo, ¿por qué no se va?”, preguntaba el juez Giuseppe Casalbore a los testigos que desfilaban, tristes y dignos, en la sala de lo penal de Turín. “Lo pensé miles de veces. Pero aquí aprendimos a conocer este material y estamos en alerta”. Maria Cristina Musso, 62 años, cuenta cómo en Casale el duelo íntimo se transformó en batalla colectiva. Cómo el pueblo se ha convertido en guardián del país. Si el amianto actúa de manera indiscriminada entre antiguos obreros, sus mujeres que lavaban los monos, los hijos que les abrazaban o los vecinos que respiraron el veneno en el aire, la responsabilidad es puntual. “Empecé a buscar justicia por mi nieta. Cuando mi hija se quedó embarazada, mi marido y consuegro descubrieron que tenían cáncer. Francesca nació en mayo, hace 10 años. Ellos murieron pocos meses después. Les dio tiempo de verla y construirle un jardín. La palabra culpables me liberó, tras la sentencia, le dije a la niña: ‘Vete a correr en el jardín y piensa en tus abuelos que hoy celebran”. Maria Cristina alterna sonrisa y lágrimas: a sus espaldas, en la sede de la asociación de los familiares, un archivador recoge los casos del Chernóbil italiano. Dos estantes y medio están ocupados por carpetas blancas, el color de los empleados fallecidos; medio estante es amarillo: los vivos. Eternit llegó a tener 2.500 trabajadores, hoy quedan 200. Otro mueble, más nuevo, es dedicado al juicio-bis para los afectados que no entraron en el primer proceso: más de 150 personas ya dejaron su historia. En media hora acuden dos más: una mujer pequeña que perdió al suegro y un hombre cuya mujer, Orsetta Bradiani, murió a los 50 años dejándole sólo con tres hijos. Las viudas de Casale tienen su punto de referencia en los ojos azules de Romana Blasotti, de 83 años. Romana no llora desde el 17 de mayo de 1983, cuando murió su primer y único amor, el marido Mario Pavesi. Siete años más tarde, el mismo tipo de cáncer se llevó a su hermana Libera, luego al hijo de ésta, Giorgio, y finalmente a María Rosa, su segunda hija, la “que llegó sin planearlo, porque éramos pobres, y que a los cinco meses de embarazo estuve a punto de perder. La perdí 50 años más tarde”, recuerda.
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