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El amianto nuestro de cada día

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Hace unos días recibo la siguiente carta: “Resulta que tenemos una casa vieja y mi padre se puso a hacer faena en la terraza que tiene la casa. Pues resulta que esa terraza tenía un techo con placas de uralita, y como está vieja la casa, intentó reparar un tabique de obra y se vino todo el techo abajo, pues resultado de esto fue que las uralitas se rompieron en trozos y mi padre sin saber, las metió en sacos y se las llevó al ecoparque. Cuando me di cuenta de todo ya había pasado, y ahora estoy preocupado porque mi padre estuvo ahí cuando se rompieron y después las recogió. ¿Le puede haber causado algún problema el contacto?”. Situaciones como ésta se dan a cada paso. Algunas de más calado las va recogiendo la prensa local. Cada vez hay más gente preocupada con el amianto que tienen en sus casas y en sus vidas cotidianas, pues la información va fluyendo, gracias a los trabajos de diverso especialistas y activistas que van calando en la opinión pública y gracias a las luchas permanentes de algunos sindicatos y, sobre todo, de las asociaciones de afectados y víctimas del amianto que crecen por toda la geografía española. En otro trabajo comparábamos al amianto con una gran telaraña, de la siguiente manera: “La red del amianto no es solo el entramado de cuadros y relaciones que hemos establecido, es la trama que han tejido las poderosas empresas del amianto que a todos nos atrapa en nuestra vida diaria. En los países que como España ya se prohibió el amianto hace una década la pesadilla continúa, pero más invisible si cabe que antaño. Porque hay amianto por todas partes y no nos escapamos de sus redes, pues la mayor parte del usado sigue instalado y deteriorándose. Lo tenemos en nuestras casas; en nuestros depósitos de agua y en las conducciones. Por ejemplo, hemos estudiado los kilómetros de tuberías aún en servicio y hablamos de 80.000 km de conducciones de agua potable, saneamiento y riego en toda España. Está en los coches, los trenes, los barcos, los aviones. En todas las empresas que manejan calor, en hornos y conducciones. En muchas instalaciones de aislamiento y revestimiento de edificios; en infinidad de planchas onduladas (uralitas) que pueblan las instalaciones agropecuarias y nuestros patios y terrazas. Sujetas a tornados, terremotos, incendios, roturas, etc. En colegios, hospitales y guarderías. En la Torres Gemelas y en los edificios de la Televisión Española. En la gran torre parisina de Montparnasse… En pleno auge de su uso, entre los setenta y los noventa del siglo XX, ha estado presente hasta en tres mil productos distintos, desde los termos y las tostadoras hasta las boquillas de los cigarrillos, las zapatas de los frenos o los trajes de bomberos” [1] . Esta fue la respuesta que di a la carta pidiendo consejo: “Una exposición esporádica puede causar algún daño a largo plazo, pero las probabilidades son mucho menores que en casos de exposición permanente y acumulativa. Y en todo caso, los periodos de latencia (tiempo medio entre la exposición y la aparición de posibles enfermedades) son de unos 40 años. No sé qué edad tendrá tu padre, pero es aún menos probable que le ocurra algo. Pero no hay que minimizar los daños posibles, por lo que a partir de ahora con el amianto hay que tener mucho cuidado. Por lo demás, no hay que preocuparse más pues esta angustia pude ser peor que lo que pueda ocurrir en este caso. Pero la lucha contra el amianto es un asunto importante. Saludos” No ocultar la verdad, pero tampoco alarmar en este caso más de lo necesario. Éste albur, como muchos otros, los ventila el destino pues el amianto es de tal naturaleza que una vez inhalado o ingerido y no evacuado permanece hasta la eternidad en nuestros cuerpos. Ni eso. Como nos recuerda Paco Báez, ni siquiera la incineración de los cadáveres lo hace desaparecer con los cuerpos afectados y las fibras siguen vagando por el mundo como alma en pena. Este cruce de cartas no salió en la prensa pero sí que lo hizo la siguiente noticia, aparecida en el ABC de Sevilla el pasado 30 de agosto: “Obligado a “huir” de su casa en la Macarena por el mal uso de unas placas de uralita”. Esta situación la está protagonizando un luxemburgués residente en Sevilla, que ha denunciado en los juzgados que ha tenido que “huir” de su casa porque la incorrecta manipulación de unas placas de uralita en su inmueble le podría provocar cáncer por el amianto que desprenden esas piezas. El denunciante es un ingeniero especialista en máquinas y métodos de construcción. Esta respuesta no es exagerada sino que al contrario es muy correcta. Porque si parte del daño ya está hecho, como lo más grave es continuar inhalando amianto en otras ocasiones por la ignorancia o por la dejación de la Administración, son necesarias conductas como ésta para alertar y para alarmar. Sí, alarmar, que es lo único que entienden los políticos, pues ante la noticia que comentamos la respuesta de la Administración, a la que también se ha dirigido el afectado, ha sido la de un silencio sepulcral. No se han atrevido a hacer el Don Tancredo ante la limpieza de los terrenos de la antigua fábrica de Uralita, la gran contaminadora, en la barriada de Bellavista de Sevilla, porque los vecinos y las asociaciones de víctimas han presionado lo suficiente. No solo se han limpiado una vez los terrenos contaminados con todas las medidas de seguridad para trabajadores y vecinos, si no que después se han medido las fibras que quedaban en el ambiente y en estos momentos se procede a una segunda limpieza. Los vecinos lo exigen. Esta es la manera. Para responder a estas situaciones que nos dan en la vida cotidiana, Paco Báez y yo mismo hemos editado una “Guía básica y práctica del amianto·, en colaboración con diversas entidades (Ecologistas en Acción, Málaga Amianto Cero y CGT), en la que se dan unos consejos prácticos de qué hacer en estos y otros casos. La guía se puede bajar desde internet gratuitamente [1] , y es un primer nivel para no andar desamparados y para poder presionar a las administraciones para la erradicación en condiciones del amianto instalado, que cual telaraña nos tiene atrapados en nuestros trabajos y nuestros días. Para erradicar el amianto de nuestras vidas, se ha emprendido una iniciativa para presionar a las Instituciones Europeas (Comisión y Consejo, especialmente) para que formulen y financien un Plan en este sentido y para hacer justicia a las víctimas. La campaña se llama “Amianto cero en Europa y justicia para las víctimas” y su nombre es suficientemente explícito para saber qué pedimos. Pero lo interesante es que está basada en una Resolución del Parlamento Europeo de 2013, de la que se puede decir que colma todos los requerimientos que los grupos activistas vienen reclamando desde hace años. Hasta el momento, unas cuarenta organizaciones de ámbito estatal han suscrito un manifiesto que proponían los promotores de esta campaña, que no son otros que la Federación de asociaciones de víctimas del amianto (FEDAVICA), Ecologistas en Acción y los sindicatos CCOO, CGT y UGT. Y como iniciativa de urgencia, se están llevando otras campañas inmediatas en muchos lugares del estado para erradicar los tejados de uralita y las conducciones del mismo mineral de los colegios y guarderías. Ante la amenaza de cada día, la respuesta cotidiana ha de presentar diversas aristas reivindicativas. Fuente: www.rebelion.org http://www.rebelion.org/noticia.php?id=202919

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